La migración es global, local, familiar

Cartel propagandístico de Andecha Astur.
Es el año 1932. Mi abuelo, José Marinas, deja su pueblo de Muñás, en Asturias, España, y viaja a Cuba, en búsqueda de su padre, él que jamás había visto.
Mi bisabuelo, como muchos de sus contemporáneos, ha emigrado años antes a Cuba para ganarse la vida. Ni él, ni mi abuelo, lograrán regresar a España.
Al llegar a Cuba, mi abuelo es detenido como inmigrante ilegal. Pero, al contar su historia, le gana la simpatía a un guardia quien lo pone en libertad y hasta le regala un boleto de autobús.

El mar Cantábrico visto desde Luarca, Asturias.
En fin, mi abuelo no encontrará a su papá. Pero sí se queda en Cuba donde se casa con una malagueña con quién tiene tres hijos: mi tio, mi tia y mi mamá.

Ese día, Muñáz me recordó de Matanzas, Cuba.
Menos de un mes antes de que yo nací, mi abuelo falleció y fue enterrado en mi ciudad natal: la Habana, Cuba.
La semana pasada, visité el pueblo donde nacieron mi abuelo y bisabuelo. Yo, de origen cubano y nacionalidad estadounidense, un turista de largo plazo con residencia en Madrid y empleo en San Francisco, California, y, además, otro inmigrante ilegal, logré lo que mis antepasados no.
Ver la tierra de Muñás.

Y ¿cómo es?
Pues, la tierra en Muñás es:
el tercer planeta del sistema solar. Es el único planeta en el que se conoce que exista vida. La Tierra posee un único satélite natural, la Luna.
Y por lo tanto, es la misma que te encuentras en cualquier parte de nuestro mundo. Sus revoluciones — es decir, su gira, la historia — efectuarán cambios “climáticos” pero ella, en si, es la misma.